Silencio de pájaros

El hombre rico y poderoso quiso construir su mansión en el centro del monte. Debieron derribar, cortar, tirar y más. ..Cuando finalizaron la hermosa casa al hombre le molestaron los pájaros que lo despertaban muy temprano. Hizo colocar todo tipo de trampas, recompensó por cuerpitos muertos a los cazadores e hizo encerrar a los que quedaban, en jaulas lejanas a su oído infame. El monte quedó silencioso. Ya nada cantó en las ramas. Ya nada aleteó en el sol.
Años después el hombre rico y poderoso luchó a brazo partido contra una enfermedad que lo dejó sordo como una tapia.
En tibia venganza los pájaros enjaulados se soltaron y regresaron a cantarle al monte y al silencio de muerte, en los oídos del hombre.

Llorar con ganas

Mi madre siempre decía que había que llorar con ganas de vez en cuando para que se te lave el alma pero no para que se haga hábito. Y cuando lloraba, ella decía que lo hacía por ella y por las que no podían hacerlo. Eran crisis intensas y breves. Luego se lavaba la cara y proseguía con la vida…
Mamá: eso no pude heredarlo, esa sana costumbre de lavarme el alma con lágrimas saladas como quien se sumerge en el mar, ya no sola sino con todas las que no pueden.
Pero sí heredé la bendita, o maldita según se mire, de llorar por las que no pueden hacerlo…Gracias por heredármelo.

El único espejo

Un espejo y sólo uno. No había otro que pudiera mirar. Sería su loca fijación porque se lo dejó su abuela, sería porque fue lo único que conservó de su infancia. Quién sabe y qué importa.
En la afilada y resbalosa superficie, cada noche se untaba la cara con crema…escudriñando. Algunas veces el cristal le hablaba o más bien, le mostraba: sus absurdas mentiras, sus comentarios hipócritas, su mansedumbre comprada, su indiferencia pagada, su lejanía forzada.
Y de tanto buscar sus perfiles oscuros en el único espejo que no le mentía, desapareció en su diáfano cristal sin dejar huellas.

Sonámbula

Dicen que era sonámbula. Que de blanco camisón paseaba de noche, que en blanco ponía los ojos y que su sombra, blanca también, la perseguía.

Dicen que el sonambulismo le fue dado para adivinar esperanzas, para otorgar sueños, para establecer contactos con mundos inimaginados.

Nadie en su pueblo la despertaba, ni le temían, ni la escondían, ni la miraban de soslayo. Era esa sombra de la sombra que todo pueblo necesita para tener una leyenda y no morir en el olvido.

Por eso anduvo vagando de noche en noche sin control ninguno. Parió sus hijos caminando en noches tormentosas y los dejó en el camino mientras seguía durmiendo y se iba sin notar nada. Tuvo amores permitidos con muchos y con ninguno, suele ser la misma cosa.

De día jamás recordó su viaje al otro lado. Se despertaba y hablaba, contaba, miraba con ojos nuevos a la luz de la mañana.

A veces predijo tormentas y otras, desgracias o tal vez, eso no fue verdad, pero necesitaban magia y ella era lo único que aquel pueblo tenía.

Cuando se fue envejeciendo el sonambulismo recrudeció. No pasó una sola noche sin andar de vagabunda. Ella y su sombra blanca decidieron ir así, de golpe, a visitar la luna. Y ya nunca más la vieron. Pero inventaron la historia y la luna de ese pueblo tiene la sombra de una sonámbula eterna.

El almohadón

La mujer había bordado con esmero el octavo almohadón del día y cuando lo colocó para vender supo que no era otro cualquiera.

El almohadón en el puesto de venta también supo que era diferente porque no podía quedarse quieto.

Los almohadones, sobre todo los bordados primorosamente, suelen ser hechos para el descanso y la holgazanería, o también para exhibir en forma estática sus formas y colores.

Octavo almohadón nació con vida propia y le arruinó la vida a mucha gente. Su propia bordadora apuró su venta por menos de la mitad de precio al verlo cambiarse de estante.

La joven que lo compró creyó que estaba loca al verlo cambiarse de posición y de lugar; lo abandonó en la basura. Octavo almohadón no se quedó mucho tiempo ahí, se fue con un señor mayor un poco borracho, le sirvió de almohada por un rato hasta que saltó debajo de un gato. El gato huyó despavorido, el señor juró no beber más y el octavo siguió arruinando vidas, con su tejido intacto y su figura perfecta.

De pesca

En invierno salimos a pescar y el río estaba silencioso. En la seguridad del silencio hicimos las trampas para los peces. El día, frío pero sin crueldad, tenia de su parte un sol tibio.

Tiramos las líneas he hicimos acopio de esa paciencia infinita de los que sí saben pescar y aprovechamos, supongo, para dejar vagar ideas, pensamientos viajeros, silencio con propósito de que la mente se liberara.

A las dos horas, el sol ya se estaba alejando, decidimos volver, apenas dos peces serían la cena frugal pero sin dudas, festejada. Y tiramos los anzuelos por última vez ;mi hermana gritó feliz, traía sin dudas algo grande.

Y tuvimos que tironearle entre las tres, agitadas y maravilladas, ya hacíamos conjeturas cuando vimos el cuerpo sin vida que acercábamos.

Mi hermana soltó todo y corrió hacia el camino como si yéndose pudiera evitar lo ya hecho. Mi madre, ecuánime y curiosa, siguió tirando y me ordenó que llamara al 911.

Fue el principio de la catástrofe. Cómo íbamos a saber que pescaríamos un suicida que había sido mi primer novio…

Caracol enamorado

Por la mar se ha acercado

un caracol encantado

y por mirar desde la cresta

vio a la Pirata en su cuesta,

arrimando un bote con destreza.

En una isla del caribe caracol

la descubrió,

y de pronto, un fueguito le calentó

su frío corazón, como un sol.

Era audaz esa Pirata que andaba por el mar

arremetiendo en las olas,

quemándose con la sal.

La amistad surgió el día que vino un nubarrón,

la Pirata se aferraba a su bote

con valentía y mucho vigor.

Caracol, casi enamorado, sin pensarlo

se tiró al bote, arrebatado,

intentando ayudar a la Pirata

que lo miró y pensó: “este no se me escapa”

Así que intentó seducir a Caracol

pensando en su buen sabor.

Caracol ya enamorado ni recordaba

que podía morir sancochado.

Mientras el bote al barco se acercaba

Pirata no le quitaba la mirada,

Caracol más y más se encandilaba

mientras de su refugio se alejaba.

Subieron al barco abrazados,

Caracol enamorado y la Pirata,

recordando recetas de pescado.

Al fin ya en cubierta,

Pirata quiso mostrarle su cocina,

que tenía olor a sopa de gallina.

-Se te antoja un caldo para entrar en calor?

preguntó la Pirata mirándolo con candor.

-Se me antoja sí señora!

contestó sin mirar la olla,

donde ardía el agua

sobre la fragua.

Mientras entraba con ojos enamorados

al caldo donde sería cocinado,

ella le entonaba una canción de amor!

Nunca nadie murió tan enamorado

como Caracol cocinado

por la Mujer Pirata que nunca

supo de su amor y tampoco

de su sabor,

pues era tan mala cocinera

que aquel baboso le dio mal sabor a sus muelas!