Contarlo

No pudiste supiste quisiste contar. Fueron años de callar mejor callar. Después la explosión alegre de la democracia.

Pero sigue el miedo, todavía no es tiempo de contar. El peligro está como dormidito y la amenaza como acurrucada.

A fuerza de callar se te escurren las formas y te vas agregando máscaras, a la del silencio le agregas la de felicidad democrática.

Con el paso de los años incluso usarás máscaras peores, indiferencia, olvido, resignación…

Un día tormentoso se te cae alguna o todas, es igual, las máscaras eran frágiles, se rompen sobre el suelo. Te viene el llanto rabia rencor…

Digo yo …y ahora qué vas a hacer decir ?

Vas a contar?

Estás segura? A quién cómo y dónde?

Sanarás contando?

Ilusa. (… hay cosas que no sanan sólo se disimulan….)

Rodeada

Tuve uña siesta rodeada de muertos. Son todos muertos buenos, conocidos y familiares. Andan siempre en mis sueños pero por turnos. Hoy se metieron todos en el mismo sueño y me sentí absolutamente presa de sus silencios.

Mis muertos no hablaban sólo entraban ( o salían?) y me miraban. Y no eran miradas tristes tampoco alegres, eran miradas claras de presagio o designación. No las entendí al despertar pero sé que cuando las vi, comprendí todo.

El todo de los muertos es la nada de este lado.

Mis muertos están aquí y algo me avisaron. Un día comprenderé que yo deberé avisarle a mis hijos y veré cómo lo hago. Tal vez me comprendan o andaré desesperando por la estrategia de conseguirlo.

Relato montañoso

Las montañas no van ni irán ni fueron con nadie jamás. Ni con Mahoma ni con Buda ni con Jesús.

Las montañas, falla geológica de quién sabe cuándo no sólo no van sino que por el contrario, cierran.

Me vine a vivir en este pueblo cuando era pequeña porque mi madre venía a trabajar y como padre ausente tuve siempre, no pude negarme. Vine enojada, obligada y odiando a mi madre como sólo una niña de ocho años puede hacerlo. Traía en mi retina la casa pequeña pero llena de la inmensidad del mar, la de mis abuelos.

Me sentí presa por este paisaje desde entonces y hasta hoy, cuarenta años después, por diferentes motivos. Primero porque deseaba volver a ver el infinito del agua y después porque me di cuenta que no podía salir de aquí.

Es increíble como las montañas cuando se lo proponen van hacia tus propios límites. Es decir no se mueven, son estáticas pero son un limite fuerte, una coraza, una cárcel que te limita. Una vez que vives aquí es muy difícil salir.

Después de odiar a mi madre, comencé a tolerarla y sólo renacía cuando en verano me permitía pasar un mes con los abuelos. Ahí recuperaba la permanente insania de un horizonte infinito y en movimiento constante.

Pero un verano noté que el mar ya no me llenaba, que la pureza de su azul ya no era lo mío y que necesitaba un muro para reprimir mis ansias.

Las montañas me llamaban y mis veranos ya no fueron de mar, se llenaron de mis límites. Esos picos eternos, las noches gélidas, el paisaje abruptamente cortado sobre el azul, fueron y son, mi retiro del otro lado del mundo.

Afuera el viento es brisa, llueve a cántaros y hace calor. Acá la vida es esto: mirar montañas y recuperar su agua sólo en verano, juntar la leña para el frío y saber que el calor, es casi un sueño.

Acá el frío es tremendo, el viento castiga, casi no llueve y hasta el hielo se aprovecha. Acá no hay cielo infinito ni noches cálidas, acá la vida es más dura y despiadada.

Pero no puedo dejar este paisaje que me contiene. Cada día miro el cordón montañoso que nos rodea adivinando algún pequeño cambio en sus dibujos. He encontrado formas increíbles y también pequeños cambios insignificantes. Las rocas son durísimas y aún así, en el deshielo, el agua las modifica.

Más allá la vida fluye… acá, las montañas ponen un muro y modifican tu ego hasta el día de tu muerte.

De otro universo

Mi hermano era de otro mundo.

Era un desorbitado desorden cósmico.

Un personaje de más allá de la razón y nunca supimos entender: de dónde?

Mi padre se enfermaba porque era su único hijo varón y nunca pudo comprenderlo. Mi madre decía que lo entendía pero en realidad, era su amor maternal el que intuía que su hijo, no era lo que se dice de acá.

Las hermanas lo escondíamos, nos daba pena y vergüenza tener un hermano extraño, diferente a otros hermanos.

Así que él, obstinado e indiferente a nuestros conceptos, siguió su vida de otro mundo hasta el fin de sus días. No le importó nada de nada e hizo todo lo que pudo por ser un loco de mierda.

Un día se escapó y encontró que lo suyo era huir siempre que le imponían reglas, rejas o cuidadores. De ahí en más huyó y decapitó todas las reglas de este universo.

Mi hermano era de otro universo y los psicológicos decían que estaba loco. Mintieron…

Mujer fuego

Piromaníaca de nacimiento decidió encenderse cada vez que se enojaba. Se enojó casi siempre pero no fue por ira su final de fuego.

En su niñez, llena de precariedad y falta de ternura, se enojó y tuvo caprichos que la llevaron a pataletas brutales. Ahí descubrió su poder de fuego.

Después, en la adolescencia, cuando notó que era poco agraciada se enojó consigo misma y con las chicas bellas y quemó a cuanto joven se le acercó.

Adulta y resentida se fue a vivir sola y se incendiaba de cólera cada vez que algo le salía mal, si un gato se le perdía, si una planta se le secaba, si la casa estaba sucia o si el trabajo la agotaba.

Se fue haciendo mayor, una mujer huraña y solitaria que se incendiaba en cólera y fuego con apenas un disgusto. Pero esa noche, una luna bella la tentó a salir de su casa y caminó lento y sin tino; no supo dónde ni cómo apareció aquel hombre oscuro, desgarbado y tranquilo que comenzó a caminar a su lado. Tampoco supo porqué no se enojó, el tipo acomodó el paso al suyo y anduvieron callados, parejos y a buen ritmo por el sendero único del Río.

Después ella pudo encontrar el camino del regreso y el hombre la siguió sin hablarle. Ni se despidieron. Ella entró y él siguió, inmutable.

Al otro día a la misma hora salió a caminar, en la misma esquina el mismo hombre se le unió. Caminaron de nuevo sin hablar y emparejaron los pasos. Y volvió ella a su casa y el hombre siguió su camino . Así comenzó la historia que duraría meses, invariables caminatas y nada más, silencios cómplices, pero las sombras de ambos iban cada vez más unidas.

La noche que la miró sintió que el incendio era otro, el día que la besó se sintió quemada viva y la tarde que él entró a su cama y la amó, ella ardió con tal intensidad que sólo sus cenizas halló el hombre a la mañana siguiente.

Mujer hielo

Cuando llegaba el verano se congelaba. Tenía predisposición a ejecutar un ritual que destrozaba el calor que en el pueblo era terrible y se iba enfriando hasta el grado de congelación.

Cierto que el calor en aquel pueblo era ardiente y solía derrumbar a más de un mortal. Los pájaros caían achicharrados desde los árboles.

Los montes cercanos se incineraban solos y las chicharras gozaban de su canto durante cinco o seis meses.

Los arroyos se volvían hilos desparejos que a veces no iban a ningún lado. El río solía quedar expuesto y su suelo de rocas emergía desnudo y brutal.

Era difícil dormir y difícil despertar. Un letargo sordo se asentaba desde la media mañana y hasta el atardecer, el aire parecía detenido y el sudor del pueblo entero ascendía desde las veredas ardientes.

Nada de esto la afectaba, nada la tocaba pues ella entraba en su estado de congelación. Su casa, antigua y despintada, era el único rincón fresco del pueblo. Su cuerpo de hielo, hundido en la penumbra daba un respiro al viajero, era el paradero de los afiebrados y el oasis de los sedientos.

Todos los pueblos del mundo tienen personajes extraños pero sólo aquel logró una puta de puro hielo en medio de un pueblo infernal y sediento.

Mujer niebla

Se evaporó con la niebla. La niebla era espesa y tenía tintes de grises y azules sospechosos.

No era una niebla cualquiera, era una muy espesa que borraba, deprimía y escurría pero ella fue la única que se evaporó.

Sabíamos, todo el pueblo la conocía, que tenía una sensibilidad extrema y por eso no nos extrañaba verla cada día buscar, hurgar, investigar esas cosas imposibles que las mentes inquietas, encuentran.

Tenía miles de cuadernos llenos de reflexiones. A veces nos dejaba leerlas y cuando lo hacíamos nos despertaba, nos desvelaba, nos dejaba pensando.

Y después llegó la niebla y anduvimos a tientas buscando las cosas triviales. Hoy encontrábamos algo, mañana tal vez otra cosa. Como la niebla persistía, nos desesperamos. De ella no nos acordamos porque pensamos que las otras cosas eran esenciales.

Cuando la niebla se fue y poco a poco recobramos la normalidad, extrañamos su presencia pensante. La buscamos y no la encontramos. Nunca más tuvimos reflexiones que nos dejaran desvelados.

Entonces nos dimos cuenta que lo trivial también necesitaba esa mujer que dejaba pensamientos y husmeaba historias, sin ella nos sentimos otra vez llenos de niebla…era niebla gris y azul pero nos caminaba por dentro. Y no se nos fue nunca más…

Abuelos

Antes era difícil ser abuelo, masculino. Porque la expectativa de vida era menor, los trabajos mucho más duros, la medicina no tenía tanto recurso.

No conocí al abuelo paterno: un tiro de sal que le dieron al escapar de un campo de detenidos, era prisionero de guerra, lo terminó matando de cáncer. La historia me la contaba mi padre: se escapó porque supo que su novia había sido traída a Sudamérica. Su pasión lo hizo arriesgar todo. Terminó de polizón en un barco y encontró su novia, mi abuela, en Buenos Aires.

Mi otro abuelo vivió hasta que cumplí cinco años. Se murió en un accidente de ruta. Él no se lastimó nada pero su mujer, mi abuela, estaba en un charco de sangre. El abuelo murió del corazón una hora después. Mi abuela viviría como treinta años más.

Mi padre no pudo ser abuelo, no llegó a conocer sus nietos y porque dicen que tenía el corazón exageradamente grande (?).

Mi difunto marido tampoco los conoció, se murió bastante joven.

Hoy mi compañero de vida es el abuelo postizo de mis nietos, hace lo que puede y ellos, lo quieren como tal.

No es fácil ser abuelo varón pero viendo mi historia: habré heredado un poquito de esa forma de amar? La de mis abuelos varones… historias de amores realmente magníficos.