Mujer arena

Era toda ella un ser de arena, infinita, escapista, eterna. No tenía edad, era siempre igual pero distinta, valga la paradoja.

Había sido, según contaban pero nunca lo creí, madre y esposa fiel, cuando la conocimos era soltera y de edad indefinida, trabajaba con manos de artista cuadros de bajo costo. Era ser de playa, siempre estaba ahí o allá, cada verano, y nadie sabía dónde estaba en invierno. Pintaba todo el día y al atardecer, bajo la media luz del ocaso, vendía sus cuadros de tamaños diversos, a los turistas.

Hablaba con todos o a veces, con nadie, puede ser lo mismo. Era indefinida y triste, también solía cantar mientras ofrecía sus cuadros.

Con los años se transformó en la atracción de la zona, no por desearlo sino porque sí, porque en realidad era enigmática y atrayente.

De noche bajaba a la playa y nadaba. Una hora o dos jugueteaba con eso de ser sirena o pez. Nadie osó nunca molestarla.

Tenia una voz con sonido de arpegio musical impreciso y una cabellera extensa que cubría sus faldas coloridas. Una mujer con semejante misterio puede pasar desapercibida o por el contrario, hacerse famosa sin hacer demasiado. Fue este el caso de la mujer Arena, nunca le conocimos otro nombre y así firmaba sus cuadros. Los amores se los llevaba de noche a la playa cuando jugaba en las olas. Pero eso decían porque de verdad, nadie supo el nombre de ninguno de los amantes que le inventaron.

Cuando amanecía en la playa, tendida sobre su propia falda, parecía tener en su cuerpo una energía de soles y lunas que la embellecían sin que ese fulgor se entendiera.

Qué misterio esa mujer Arena, dejó un montón de cuadros, un montón de polleras coloridas, miles de rumores sin comprobar, un seudónimo que como ella era extraño y una vida pasajera, como la arena misma de esa y de otra y de todas las playas del mundo que conocemos.

Viajes

Él se iba, yo era pequeña, lo entendía en mi medida. Se iba, estaba meses sin verlo. No sé si lo extrañaba, amaba dormir en su lugar de la cama grande. Amaba tener a mi madre para mí.

Cuando se iba sus viajes parecían velorios para mí mamá, lloraba escondida por los rincones, íbamos a despedirlo a la estación, porque los trenes existían, ella regresaba derecho a la cama, se acostaba y se levantaba como autómata durante semanas. Ambos se escribían semanalmente.

Cuando él regresaba la casa era de fiesta desde unos días antes, todo limpio, prolijo, el menú estudiado y las compras realizadas. Nuevamente ir a la estación pero con los brazos abiertos, para abrazarnos, para desear no separarnos, para estrecharnos.

Cuando crecí y viajamos juntos por el vasto territorio argentino, me di cuenta los largos caminos que mi padre hacía solo. Aún así no pudimos viajar siempre los tres y la estación de trenes seguía recogiendo despedidas y reencuentros. Angustia y felicidad.

Cuando papá decidió hacer su viaje sin retorno así, tan joven, yo me empecinaba en ir a la estación y miraba llegar los trenes. Tenía suficiente edad para entender la muerte pero me consolaba ver llegar a otros y verlos abrazarse a su familia.

Mi padre me enseñó a viajar, mi madre los caminos de la espera. La estación fue y es una casa de felicidad que me recuerda los abrazos imprescindibles qué hay que darle a los que se van o regresan, siempre.

21 de marzo

…alguna que otra hoja ocre ya anda por las veredas, suicidas y nostálgicas, anunciando el otoño, pobres hojas…algún día de enero fueron el refugio del sol agobiante, hoy andan por mi vereda…y la tuya, huyendo del furor piromaníaco de las vecinas y sus escobas…y mi madre se va siempre sobre la alfombra apenas amarilla, cada vez que llega el otoño…

La bruja del lugar

Que yo era la bruja del pueblo. Que era y exorcisaba demonios mientras dormía. Era una bruja reconocida. Pero solo podía ejecutar conjuros y profetizar en sueños, mientras dormía.

Usted venía y me pedía algo. La bruja, o sea yo, podía o no. Nunca mentía, pues era bruja muy sincera.

Pero tenía que poder dormirme y soñar su problema. Resolverlo o conjurar para ayudar o para maldecir. Si lo lograba, le daba garantías y en ese momento, cobraba mis servicios. Si no lo lograba, usted no pagaba nada y seguíamos intentándolo.

En ese mundo onírico solucioné amores y maldije y escupí, no tuve piedad y ellos conmigo, tampoco. Hubo fatales pesadillas donde resulté herida y desperté sobresaltada

dando maldiciones. Pero hubo sueños casi amorosos que me levantaron con una sonrisa.

Hubo sueños imposibles y otros, reiterados y persecutorios.

Lo mejor fue soñar con el día y la hora de mi muerte. Y supe que era cierto. Y me dormí para esperarla. Y vino.

Pero lo bueno fue que de tanto probar sueños no solo pude escaparme un par de veces sino, lo más importante, pude burlarla para nombrar mi sucesora. Para hacerlo tuve que reunir todas mis energías e hice lo que nunca: me metí en su sueño. La nombré heredera de todos mis sueños y la hice dueña de mis profecías.

La bruja del pueblo ha tenido una hija, gritaron todos en ese lugar, despertaron y sonrieron felices. Era la primera vez que el pueblo soñaba conmigo. Y salieron a festejarlo. Y no pude ver más nada porque la Muerte, metida en mi sueño, me dijo que era mi hora.

Traspasar…

…que yo iba caminando por la línea blanca de la carretera, la iba pisando desafiando no salirme, mirando fijo la tormenta que venía hacia mí.

Las nubes oscuras cabalgaban enfrentándome, por momentos algunas dispararon luces con diversas formas, las venía apresurando un viento silencioso…aún.

Sigo caminando, me pongo casi a correr, la última copa suele beberse lentamente, prefiero lo contrario, empecinada avanzo en línea frontal y recta.

Cuando me choca la primera gota siento que me atraviesa, soy permeable. Cuando me llega la ráfaga de aire me zumban los oídos y siento que mi cuerpo se despega…

– Ahora sí, me digo en un murmullo, hay que atravesar la tormenta…

Mi baile

Si yo le contara que de noche en casa, de espaldas a la razón, bailo con muertos? Qué tan loca me creería y qué prejuicios tendría?

Recuerdo que no me gustaba bailar, era tímida con mi cuerpo y no quería que me abrazara nadie que yo no hubiera elegido. Para cuando me liberé y tuve compañero de baile y aprendí, pasaron otras cosas… y otras, me fui olvidando del baile.

Pero ahora, sola en este caserón sombrío, en este castillo roto, vacío y lúgubre, me he reencontrado con el baile. Y ahí está la foto del señor de barba que baila conmigo. La del abuelo que he llevado por años en mi cartera. La de mi padre. La de otro gentil señor que en realidad es una pintura. Y bailo…con mis maridos y amantes, muertos todos ya. Y agradezco las fotos que atesoré y escondí. Agradezco la zona de este mausoleo que aún tiene luz y me permite reproducir viejos temas.

Y ellos danzan conmigo, puedo olerlos, percibirlos, hablarlos… mis muertos queridos queribles inolvidables.

Y usted sentado ahí dice que estoy loca, usted me juzga y se cree cuerdo y omnipotente, usted me quiere quitar las fotos de mis muertos para expropiarme mi baile. Acá, el único desequilibrado es usted, gusano reptante que vive a costillas de locas como yo…

En llagas…

…heridas que no cierran y sangran todavía dice un tango, cuál era? No importa, era un tango triste… otro más.

Pero cómo pude dejar de sentir esas llagas que me produjeron tu pérdida? Nunca sabré cómo, tampoco sabré cuándo me llegó el perdón y la aceptación de que no volveríamos a ser nunca más, lo que fuimos y seremos eternamente, esa legítima maternidad de la que hice alardes.

Ni me cuidarás, ni me verás envejecer, ni volveré a ver el futuro por tus ojos, no serás más mi orgullo, mi desvelo ni mucho menos, mi consuelo.

Te arrancaste de mi cuerpo en mi parto casi adolescente y te arranqué de mi lado, te enterré y lloré como muerto. Ha sido una larga llaga viva que me dejó sin piel durante años.

Ya no recuerdo tu mirada, esos ojos por los que sobreviví en el horror de aquellos años. Vencida mi ideología rebelde, encerrada, encapuchada y golpeada, me aferraba al recuerdo de tus ojos de niño para poder resistir.

La vida tuvo tantos tumbos y vueltas que terminé vencida pero logré sacarte de mi vida. No fuiste mi gloria, ni mi perdición, fuiste el hijo pródigo que se rebeló contra mí y jamás regresó.

Una lección te he dejado, una sola, por la fuerza, por obligación, jamás: ahí dejé de ser tu madre y fui mujer.

Lo siento, no aprendiste nada. No te di nada, ni te pediré nada.

Ahora la llaga ha cicatrizado…

Vorágine

No estoy preparada, no tengo resistencia, esta vorágine de clic y más clic y vivir entre pantallas, me agota.

Y ya no sé cuál es mi personaje favorito ni a quién debo responder primero y qué me olvidé de enviar y si era por correo o por Red Social.

Para compensar ya no sé escribir con birome, no sé cursiva y con la imprenta se me mezclan mayúsculas con minúsculas. Recurro a esto y lo otro y sigo clic clic clic…

Esta vejez es agobiante, mi abuela lo tuvo más sencillo, se han triplicado las formas en veinte años, soy un dinosaurio que todavía trabaja y además, le gusta el clic clic clic y cree que esto está buenísimo…

Perdida en la vorágine…